martes, 14 de marzo de 2017

En lo oscuro - Revista Lanzallama

En lo oscuro un cuento mío sobre las noches de tormenta en el barrio de Barracas, en la revista Lanzallama

"No era tan tarde pero estaba muy oscuro.
Yo sabía que esos techos eran Barracas y que en la arboleda ahí al fondo, en lo frondoso de esa mancha negra de la ciudad, guardaban la sin razón.
Desde la ventana de mi departamento yo era una luz más mirando los tinglados y las ventanas altas y antiguas de los conventillos. Talleres, galpones, lugares de trabajo y vida de familias y solitarios en un mismo predio hacían a la intimidad de laburantes, en mosaico de farolitos, alumbrando alguna mesa con vida al dente.
Entre las decenas de luces de esas pocas vidas y la arboleda grande del manicomio había sólo una calle de por medio y un murallón bien alto, y en la vereda los primeros árboles, grandes, anudados al suelo, enredando raíces y ramas entre ellos. Por alguna razón (nada parecía azar) el bosque estaba a mayor altura que la calle y la calle de a momentos se hundía todavía más en un barranco que separaba a la vegetación espesa, de un lado, de los edificios viejos, las vidas gastadas y las escenas de ausentes anudadas a una mesa, del otro. (...)"

viernes, 6 de enero de 2017

miércoles, 2 de noviembre de 2016

De tilo



Yo tengo una hija de tilo, verde al sol, ojos como ventanas, atrapasueños, atrapacielo, de risa perfumada, con flores amarillas por pelo.

Ella lleva manos como vertientes, blanca arroyo, fresca en su ser interior, erguida en sus lecturas, con silencios de vientos, con palabras que hacen nidos, ella trina, canta, susurra, baila, ella quiere, ella abraza, fuerte.

Vero tilo, Vero hija, ella mi bella hija.

Querida hija.




jueves, 13 de agosto de 2015

¡Salió mi primer libro! El Tren del Sur


Este es mi primer libro de cuentos y relatos.
Me pone muy contento publicar acá que acaba de salir a las vías este pequeño hijo literario, con aquellos escritos que entre idas, vueltas y esperas en el tren fui escribiendo en el celular para matar el tiempo, para contar los absurdos y las fantasías, para rescatar los personajes que tanto llenan sus vagones.
En poco tiempo estaré anunciando su presentación formal, todo parte de un proyecto literario que hace eje en el tren.
Para los que quieran comprar ya pueden contactarme a iass008@gmail.com







lunes, 27 de abril de 2015

Pesadilla

Romería de San Isidro - Goya

   Que estés durmiendo en una planta baja, que la casa tenga dos pisos, que predomine el blanco en las paredes y puertas, que de repente abras un ojo y entre las cortinas veas afuera un montón de gente parada en tu jardín, mirando el frente. Ya es de día. La casa no lleva muralla, todos están a metros de la puerta mirando al techo o a la segunda planta. El día es de luz blanca intensa. Todos llevan una cara de pasmados, preocupados y compungidos. La mirada fija hacia arriba en un solo punto, en silencio profundo. 
   Te acercás a la puerta, a cada paso dimensionás más la cantidad de gente, estás muy dormido, te cuesta abrir bien los ojos, te intriga la escena, te asusta, es tu segunda planta, duermen seres queridos ahí, flashes de una escena posible te vienen a la cabeza, abrís la mirilla de la puerta, preguntás qué pasa en voz alta.
   Decidís despertarte para no saber más y arriba, en la planta de arriba, alguien ha dejado de estar.





martes, 24 de marzo de 2015

La noche ocurre



La noche ocurre de abajo para arriba, son las calles las que anochecen primero al paso del que camina, luego siguen en lo alto las nubes, se vuelven negras sobre cielo claro y,  en tercer movimiento,  la bóveda luminosa encuentra su ocaso en un asalto: cada cual la aborda sin luz, cada quien le enciende su oscuro.













lunes, 15 de diciembre de 2014

El verano y los duraznos

Naturaleza muerta - Paul Cézanne


El verano viene en formas amarillas con carozo. 
Cada bocado un sol. 
Probá, mordé, todo huele a su luz. 















jueves, 30 de octubre de 2014

Venus

Venus de Willendorf

   Cada vagón lleva su Venus, imagen de la fertilidad. Todo es redondo en ellas, redondo el rodete, redonda la cara, redonda la cintura, redonda cada línea del cuerpo que sostiene los críos, que da de mamar, que acarrea bolsos y carritos. Redondas se ríen, redondas vociferan y se quejan en cortos y secos ademanes.
   Nada hay de ícono o estático en ellas, hablan, gesticulan, teclean el chat, se expresan en voz alta, casi a los gritos y luego, regañando, pastorean los hijos entre el montón del gentío del tren.
   Vienen, siempre vienen de antes cuando subo, nunca suben después. Cada rincón de tres está lleno de ellas.
   Bajan, cualquiera sea, en la misma estación. De la mano, con bullicio, en pasos circulares, acarreando la prole, ceremoniosas, buscando el hospital.






lunes, 20 de octubre de 2014

Hadas

Samu'ú - Amelí Schneider Zaldívar



No existen más hadas 
que los algodones del palo borracho 
poblando el viento entre las plantas.



























viernes, 5 de septiembre de 2014

Sapo cascabel

Luis Beltrán fotos


Sapo cascabel
boca de la noche 
panza fuelle 
  de la brisa nocturna 
abre tu oscuridad 
y que un grillo lunar
brote de tu voz.













martes, 22 de abril de 2014

Escena de playa

Escena de playa - Vania Plate

Llegó la hora de irse y cada quién empezó a levantar y cargar sus petates. Frío el día para meterse al agua sólo Nico pidió y pidió y consiguió meterse al mar "hasta los pies". Fuimos cargando todo y, embalados hasta la cabeza, procedimos a irnos. Lo que era un trámite terminó en escena: minino no se quería ir. Cada uno de nosotros cargaba varias cosas pero lo que nadie quería cargar era con el llanto y el capricho del que no quería irse.
"Nico vamos", a la una, "Nico vamos", a las dos, "Nico nos vamos igual, con vos o sin vos". Y procedimos a irnos. Hijo digno del desafío y de batirse a duelo, encaprichado de dos años, cruzó los brazos y se quedó y cuánto más se lo llamaba más se enterraba en la arena. Y yo me iba, y ninguno se quedaba para no seguirle el juego.
Ya para cuando lo estábamos por perder de vista detrás de un médano, vemos que una familia pasa a su lado y se asusta: el quetejedi tirado, boca arriba, ojos cerrados, brazos extendidos como muerto y la lengua afuera. Esta pobre gente miró y miró alarmada hacia todos lados y me vi obligado a llamarlo para evitar más sustos: "¡Nico, vamos!". Y el otro inmóvil, cara de piedra.
Aliviada la familia, entiende y se adelanta. Al pasar a mi lado, el padre me dice: "es un capo".
Aguantándome la risa, finalmente lo traje, serio, en andas.
Minino fingió una protesta.




lunes, 24 de marzo de 2014

El último verano



Mientras lo último del verano
se deshoja
en cantos de cigarras,
el primer otoño
zumba
siestas frías al oído.

Un coro de grillos bebe
la espesa malta nocturna,
de espuma,
de estrella,
en el filo de la estación.

Se sirven la noche,
se beben lo viejo,
regurgitan
y amanece 
el cambio,
el dolor,
la resaca
de la renovación.




martes, 11 de febrero de 2014

La escena de Rocky



"La escena de Rocky" bien puede ser el título de esta historia: en la tranquilidad del pueblo, los autos parados por la barrera baja, jubilados en fila esperando abra el banco, se escucha un silbido fuerte y se ve un hombre gesticulando con ademanes cortos y rápidos señalando a... Rocky, justamente.
Más corto y más rápido que esos ademanes, por cierto, con figura de chorizo bombón, blanco y negro, Rocky era lo más parecido a un perro de faldas, por lo chico, pero balístico por cómo corría disparado, con algo de dibujito animado porque no se le veían las patas más que en la sucesión de imágenes semi transparentes, sucesivas y superpuestas.
En el momento del silbido una mujer de pelo fucsia, piernas gruesas y pies muy chiquitos -tal vez salida del mismo dibujo animado- se activa desde otra vereda y empieza correr desesperadamente al grito lastimero de "¡Rocky! 
¡Rocky! ¡Rocky!". 
No entendí porqué iba descalza pero corría con la mismos pasos rápidos y cortitos que el chorizo bombón faldero, dibujando tramos cortos y acelerados sobre el asfalto o firuletes entre éste y la vereda o los canteros, en la misma proporción con que el perro lo hacía.
Rocky, con la lengua afuera, tenía la mayor cara de desesperación que podía haber para algo tan feo y tan chiquito.
Un par de cuadras duró la escapada a la libertad infinita de Rocky pero bastó la alerta para que la gente de la parada, los de la obra en construcción, los que salían de la carnicería o del café empezaran a solidarizarse con la rescatista y a rodearlo, a perseguirlo, a tirarse al suelo a atraparlo antes que los colectivos que iban llegando y los autos dieran sentencia definitiva a la eternidad sobre la inhumanidad del perro.
Finalmente, Rocky volvió a su falda original y el alivio en todo el público fue generalizado. Un par de jubilados se sentaron de vuelta soplándose en ademanes rápidos con la mano o el diario, otro más quiso improvisar un aplauso, el colectivero respiró profundo porque esta vez no fue el malo de la película y una mujer grande, cerca mío, murmuró con algo de lágrimas: "Fuerza, bichito".





jueves, 19 de diciembre de 2013

Deselectrizándome de vos


Aquí estoy, 
deselectrizándome de vos, 
ahuyentando estos volts, 
restringiendo la carga negativa y positiva, 
desempolvándome de todos tus electrones, 
barriendo los átomos, 
evitando el roce de la estática, 
borrando tus watts escritos en mi frente, 
esquivando este magnetismo que me envuelve y 
                                                           a la vez 
descubriendo esta actitud de dique que no puedo evitar, 
estas aguas que si contengo me desbordan, 
esta usina en mi interior que se mueve a tu paso 
y vuelta y vuelta tu energía me vuelve a generar.





miércoles, 11 de diciembre de 2013

Rosa de los vientos


En algunos casos la rosa de los vientos no es más que la rosa de las vías: 
el sol sale cuando me levanto mirando a Glew, 
el mediodía se despliega bajo tierra en el subterráneo D, 
y el atardecer es la última luz entre edificios viejos 
             de las calles Mitre o Rivadavia. 
En el ocaso de Constitución la luna y venus alinean durmientes. 
Un gallo color noche rota en el final sobre mí.






miércoles, 27 de noviembre de 2013

Romper las copas










Rompí mis días contra la chimenea como si fueran copas recién vividas.
Estrellé todo destino lacerante de mi suerte.


















domingo, 24 de noviembre de 2013

La tormenta de verano



Vaya uno a saber por qué algunas etapas de la vida son de una edad indefinida. Mi época de remo siempre fue para mí "a mis 16" por más que, en rigor, duró tres años: de los 15 recién cumplidos hasta alcanzar los 18.

Mirando hacia atrás, puedo ver que los que fueron años de ejercicios industriales, reiterados, alienantes y tediosos hasta el infinito -un déjà vu de Tiempos Modernos de Chaplin- paradójicamente fueron los años que más emociones de las buenas me dejaron.

Finalmente, cuando me tocó partir a una nueva etapa, llevaba conmigo al río y a los amigos, en todas mis historias, en la retina de mis ojos.

Mil veces, durante los años que siguieron, conté con cerveza, vino o un mate en mano tantas historias de regatas, personajes y aventuras que ya la gente creía que inventaba, que no fueron tres, sino 20 los años que estuve y que la bahía era un mar de tan grande, el río un escenario de Verne y el puerto una película de film noir. Pero yo no le agregaba ningún ápice, las historias eran así.

Yo tenía 16 más o menos y subía el río con mi compa de equipo, el del apellido más largo (Ooooorrrtiiiizzzzzz...), haciendo unos ejercicios en pleno verano. El día estaba soleado, primero, cambiante después, patético al final y nosotros nos cubríamos del viento cruzando a la orilla chaqueña. Tal vez fue así, tal vez fuimos al riacho a explorar, ya no sé. Hay sinos que no necesitan de una explicación exacta para llegar y darnos el presente. El destino nunca llega por camino directo.

Estábamos en eso, remando a contracorriente como siempre cuando en la vereda de enfrente, digo, la orilla de enfrente, donde el río daba vuelta hacia Corposana y había una arenera pudimos ver Sergio y yo (ese Ortiz) que algo no andaba bien río arriba: la arenera levantaba remolinos de arena por demás, el río, un espejo al lado nuestro, cambiaba de color en una línea muy definida y los pájaros y la gente huían espantados. Arriba de todo una nube negra hacía su entrada precipitada y nosotros del lado equivocado, en pleno chaco.

Qué sé yo, éramos chicos y no entendíamos e improvisamos soluciones como si fuéramos capitanes de transatlánticos o simples surfers de olas de treinta metros. Decidimos sobre nuestra marcha cruzar el río en diagonal, enfilando a la boca de la bahía y dedicarnos a surfear las olas de modo que no nos agarraran de costado y nos inundaran el bote. Planeamos con las palas, remamos lo más equilibrados posible y en algún momento, más antes que después de nuestras expectativas, llegamos a la orilla correcta, la de nuestra desgracia.

El río estaba bajo, la playa alta y nosotros no conocíamos solución alguna que no fuera entrar a la bahía. Y para la bahía faltaba más, y mucho, y nosotros estábamos todavía en cualquier parte. Cuando no nos quedaba más opción que doblar y ponernos en paralelo a la ribera pasó lo único que sabíamos que podía pasar, el oleaje empezó a pegarnos de costado y el agua saltaba entre sucia y espumosa sobre carritos, rieles, pies, dentro del bote para no irse más.

Nuestra desesperación iba creciendo como el agua que crecía en la embarcación, se llenaba cada vez más de angustia y cuando ya no daba para más y la certeza de que se rompía toda la fibra de vidrio, las maderitas de la estructura, nuestra esperanza de llegar a la bahía intactos, decidimos saltar al agua antes de que se parta en dos el bote.

Yo no conocía el río, debo admitirlo, yo no sabía cómo estaba cuando estaba bajo, y mi primera sensación al tirarme fue de que me iba a ir bien al fondo, que debía agarrarme fuerte a los montantes para que el agua no me llevara. No sé si nos despedimos o no para siempre con Sergio, mi cuate, pero sí sé que al caer al agua tocamos fondo muy rápido y el agua nos llegaba apenas por arriba de los pies.

Ingenuos, boludos, ignorantes, la playa era "playa" de verdad y no se iba en picada. Así fue que elegimos quedarnos aguantando el oleaje con el bote, sosteniéndolo como defensa contra toda esa agua que nos atacaba. Ya lo' perro' nos iban a salvar de alguna manera.

Como náufragos, fantaseábamos con Sergio todo lo que podía ocurrir de ahí en más, cuándo se enterarían de nuestra ausencia, de dónde estábamos, de qué dirían y... de la puteada de Lucho.

Kore, la-puteada-de-Lucho... ¿Mba'é "Júpiter Tronante" pikó? La-puteada-de-Lucho lo que echaba rayos y centellas.

Así fue que esperamos y esperamos pasando frío en pleno verano, entre toda esa agua agitada, ese viento fuerte pero sin lluvia, esa agresividad de la naturaleza que todavía nos reservaba una sorpresa más.

Creo, si la memoria no me falla, que fue Ciro o Severo quien nos encontró primero y el rescate fue por tierra. O tal vez vaciamos el bote e intentamos seguir remando. Tengo alguna imagen de que el bote dejó de andar, más bien bailaba para los costados y carecía de equilibrio alguno. Yo no sé si fue ahí mismo o fue después al llegar que nos dimos cuenta que la orza omanó, se fue, se ahogó. Nuestra gran estrategia de defendernos con el bote contra el oleaje hizo que nuestra orza cediera y se la llevara la corriente.

Kore: la-puteada-de-Lucho.

Hay momentos de la vida que uno lo tiene negado, tal vez no pasó nada, tal vez fue sólo un llamado de atención, tal vez fue el alivio de vernos sanos y salvos y hasta ahí llegó la historia. Pero no me voy a olvidar que después de nuestra primera gran tormenta volvimos averiados, naufragados, rescatados y con la certeza de que la naturaleza se nos había tatuado en los ojos.

Había sido nuestra primera tormenta de verano.




miércoles, 20 de noviembre de 2013

Siempre me fui



Temple Gardens - Paul Klee

Siempre me fui, nunca estuve ni llegué del todo. 
Toda la vida arribé a muchos puertos, muchas ciudades. Como si se trataran de personas intenté quererlas, le puse empeño pero nunca fui terminantemente digno ni amigable. 
Pretendí visitar sus rincones, las esquinas, sus curvas y calles perdidas pero finalmente nada de esto fue para mí, me creí turista sin haber salido ni conocido, fui extranjero, ajeno, visita.
Me abrieron las ciudades sus puertas, me entregaron sus llaves, fui invitado a ser ciudadano y llegué siempre tarde o a destiempo. Y las ceremonias se fueron terminando y las medallas y los pasaportes quedaron a otros.
Disfruté, sin embargo, de sus colores, sus ocasos, la tibia luz de sus faroles mirándome. Pero las ciudades nunca fueron mías, siempre fueron lejos, otras, distintas para mí que para el resto.
Yo busqué los caminos, las entradas, el albergue y el reparo pero todo fue un trámite rápido.
Las ciudades me dieron la venia del saludo, un holaquetal, y yo queriendo quedarme partí siempre tomando el rumbo incorrecto: queriendo llegar siempre me fui.
Y al darme cuenta, deshaciendo mis pasos, buscando volver, solo me encontré la puerta de mi vejez, perdido y de nuevo en el camino, desamarrado, sin ningún puerto.
Toda la vida eso, queriendo volver, volver, me fui, me fui perdiendo.






domingo, 17 de noviembre de 2013

Noche indefinida

Camino con ciprés bajo el cielo estrellado - Van Gogh



Un perro ladra en algún "lejos". 
Noche indefinida, ni clara ni brumosa. 

Los árboles, dicen, duermen de pie pero yo veo sus balanceos: 
                                     entre sombras tararean vientos.