viernes, 28 de febrero de 2014

Creía que eran ranas




Creía que eran ranas 
pero al cantar serruchan 
y levantan nocturnos con su voz 
como si fueran instrumentos de oficio, 
hay un obraje allá en el fondo, 
un elemento colectivo, 
hay un croar en concierto, 
una alegría batracia, 
una acción efusiva. 
Rodean cualquier agua, 
invaden la superficie arbórea, 
al principio eran sonido de terrenos lejanos, 
luego fueron vecinos, 
hoy son propios.
Construyen algo en decibeles, 

algo que tiene ritmo, 
yo no sé si raspan la vía láctea 
o si emiten graves de materia oscura. 
Aparecen al caer el cielo diurno, 
empiezan con timbales y matracas, 
suenan a cascotes en río turbulento.
Yo pensaba que eran ranas 
pero hoy llevan pancartas, 
allá en el fondo tengo una marcha, 
son los que le ponen voz a la noche. 
Porque, sin ellos, 
todo lo oscuro 
se escondería en el silencio.









martes, 11 de febrero de 2014

La escena de Rocky



"La escena de Rocky" bien puede ser el título de esta historia: en la tranquilidad del pueblo, los autos parados por la barrera baja, jubilados en fila esperando abra el banco, se escucha un silbido fuerte y se ve un hombre gesticulando con ademanes cortos y rápidos señalando a... Rocky, justamente.
Más corto y más rápido que esos ademanes, por cierto, con figura de chorizo bombón, blanco y negro, Rocky era lo más parecido a un perro de faldas, por lo chico, pero balístico por cómo corría disparado, con algo de dibujito animado porque no se le veían las patas más que en la sucesión de imágenes semi transparentes, sucesivas y superpuestas.
En el momento del silbido una mujer de pelo fucsia, piernas gruesas y pies muy chiquitos -tal vez salida del mismo dibujo animado- se activa desde otra vereda y empieza correr desesperadamente al grito lastimero de "¡Rocky! 
¡Rocky! ¡Rocky!". 
No entendí porqué iba descalza pero corría con la mismos pasos rápidos y cortitos que el chorizo bombón faldero, dibujando tramos cortos y acelerados sobre el asfalto o firuletes entre éste y la vereda o los canteros, en la misma proporción con que el perro lo hacía.
Rocky, con la lengua afuera, tenía la mayor cara de desesperación que podía haber para algo tan feo y tan chiquito.
Un par de cuadras duró la escapada a la libertad infinita de Rocky pero bastó la alerta para que la gente de la parada, los de la obra en construcción, los que salían de la carnicería o del café empezaran a solidarizarse con la rescatista y a rodearlo, a perseguirlo, a tirarse al suelo a atraparlo antes que los colectivos que iban llegando y los autos dieran sentencia definitiva a la eternidad sobre la inhumanidad del perro.
Finalmente, Rocky volvió a su falda original y el alivio en todo el público fue generalizado. Un par de jubilados se sentaron de vuelta soplándose en ademanes rápidos con la mano o el diario, otro más quiso improvisar un aplauso, el colectivero respiró profundo porque esta vez no fue el malo de la película y una mujer grande, cerca mío, murmuró con algo de lágrimas: "Fuerza, bichito".