lunes, 15 de diciembre de 2014

El verano y los duraznos

Naturaleza muerta - Paul Cézanne


El verano viene en formas amarillas con carozo. 
Cada bocado un sol. 
Probá, mordé, todo huele a su luz. 















jueves, 30 de octubre de 2014

Venus

Venus de Willendorf

   Cada vagón lleva su Venus, imagen de la fertilidad. Todo es redondo en ellas, redondo el rodete, redonda la cara, redonda la cintura, redonda cada línea del cuerpo que sostiene los críos, que da de mamar, que acarrea bolsos y carritos. Redondas se ríen, redondas vociferan y se quejan en cortos y secos ademanes.
   Nada hay de ícono o estático en ellas, hablan, gesticulan, teclean el chat, se expresan en voz alta, casi a los gritos y luego, regañando, pastorean los hijos entre el montón del gentío del tren.
   Vienen, siempre vienen de antes cuando subo, nunca suben después. Cada rincón de tres está lleno de ellas.
   Bajan, cualquiera sea, en la misma estación. De la mano, con bullicio, en pasos circulares, acarreando la prole, ceremoniosas, buscando el hospital.






lunes, 20 de octubre de 2014

Hadas

Samu'ú - Amelí Schneider Zaldívar



No existen más hadas que los algodones del palo borracho poblando el viento entre las plantas.




























viernes, 5 de septiembre de 2014

Sapo cascabel

Luis Beltrán fotos


Sapo cascabel
boca de la noche 
panza fuelle 
  de la brisa nocturna 
abre tu oscuridad 
y que un grillo lunar
brote de tu voz.













sábado, 2 de agosto de 2014

El cielo en mi casa


Brandon Giesbrecht Fotografía


El cielo -la vía láctea- recorre mi casa de fondo a frente. Se abre paso entre los árboles con la Cruz del Sur oficiando de pórtico o picaporte, se adentra despacio haciéndose pasto de estrellas y brilla como rocío nocturno de una noche pequeña. En el límite, pide permiso a las Tres Marías y la espada de Orión cae vertical dejando el paso libre a la cocina. Un entrevero de estrellas, planetas y juguetes dificulta el paso después. Venus ilumina la sala y en la puerta de entrada espera la luna. Llegando al final, es decir al principio, un cometa ladra y llueven asteroides tejiendo telarañas. La reja de su ocaso se yergue entre horizonte de edificios y el portón inicial abre al cielo la ciudad.





martes, 22 de abril de 2014

Escena de playa

Escena de playa - Vania Plate

Llegó la hora de irse y cada quién empezó a levantar y cargar sus petates. Frío el día para meterse al agua sólo Nico pidió y pidió y consiguió meterse al mar "hasta los pies". Fuimos cargando todo y, embalados hasta la cabeza, procedimos a irnos. Lo que era un trámite terminó en escena: minino no se quería ir. Cada uno de nosotros cargaba varias cosas pero lo que nadie quería cargar era con el llanto y el capricho del que no quería irse.
"Nico vamos", a la una, "Nico vamos", a las dos, "Nico nos vamos igual, con vos o sin vos". Y procedimos a irnos. Hijo digno del desafío y de batirse a duelo, encaprichado de dos años, cruzó los brazos y se quedó y cuánto más se lo llamaba más se enterraba en la arena. Y yo me iba, y ninguno se quedaba para no seguirle el juego.
Ya para cuando lo estábamos por perder de vista detrás de un médano, vemos que una familia pasa a su lado y se asusta: el quetejedi tirado, boca arriba, ojos cerrados, brazos extendidos como muerto y la lengua afuera. Esta pobre gente miró y miró alarmada hacia todos lados y me vi obligado a llamarlo para evitar más sustos: "¡Nico, vamos!". Y el otro inmóvil, cara de piedra.
Aliviada la familia, entiende y se adelanta. Al pasar a mi lado, el padre me dice: "es un capo".
Aguantándome la risa, finalmente lo traje, serio, en andas.
Minino fingió una protesta.




lunes, 24 de marzo de 2014

El último verano



Mientras lo último del verano
se deshoja
en cantos de cigarras,
el primer otoño
zumba
siestas frías al oído.

Un coro de grillos bebe
la espesa malta nocturna,
de espuma,
de estrella,
en el filo de la estación.

Se sirven la noche,
se beben lo viejo,
regurgitan
y amanece 
el cambio,
el dolor,
la resaca
de la renovación.




viernes, 28 de febrero de 2014

Creía que eran ranas




Creía que eran ranas 
pero al cantar serruchan 
y levantan nocturnos con su voz 
como si fueran instrumentos de oficio, 
hay un obraje allá en el fondo, 
un elemento colectivo, 
hay un croar en concierto, 
una alegría batracia, 
una acción efusiva. 
Rodean cualquier agua, 
invaden la superficie arbórea, 
al principio eran sonido de terrenos lejanos, 
luego fueron vecinos, 
hoy son propios.
Construyen algo en decibeles, 

algo que tiene ritmo, 
yo no sé si raspan la vía láctea 
o si emiten graves de materia oscura. 
Aparecen al caer el cielo diurno, 
empiezan con timbales y matracas, 
suenan a cascotes en río turbulento.
Yo pensaba que eran ranas 
pero hoy llevan pancartas, 
allá en el fondo tengo una marcha, 
son los que le ponen voz a la noche. 
Porque, sin ellos, 
todo lo oscuro 
se escondería en el silencio.









martes, 11 de febrero de 2014

La escena de Rocky



"La escena de Rocky" bien puede ser el título de esta historia: en la tranquilidad del pueblo, los autos parados por la barrera baja, jubilados en fila esperando abra el banco, se escucha un silbido fuerte y se ve un hombre gesticulando con ademanes cortos y rápidos señalando a... Rocky, justamente.
Más corto y más rápido que esos ademanes, por cierto, con figura de chorizo bombón, blanco y negro, Rocky era lo más parecido a un perro de faldas, por lo chico, pero balístico por cómo corría disparado, con algo de dibujito animado porque no se le veían las patas más que en la sucesión de imágenes semi transparentes, sucesivas y superpuestas.
En el momento del silbido una mujer de pelo fucsia, piernas gruesas y pies muy chiquitos -tal vez salida del mismo dibujo animado- se activa desde otra vereda y empieza correr desesperadamente al grito lastimero de "¡Rocky! 
¡Rocky! ¡Rocky!". 
No entendí porqué iba descalza pero corría con la mismos pasos rápidos y cortitos que el chorizo bombón faldero, dibujando tramos cortos y acelerados sobre el asfalto o firuletes entre éste y la vereda o los canteros, en la misma proporción con que el perro lo hacía.
Rocky, con la lengua afuera, tenía la mayor cara de desesperación que podía haber para algo tan feo y tan chiquito.
Un par de cuadras duró la escapada a la libertad infinita de Rocky pero bastó la alerta para que la gente de la parada, los de la obra en construcción, los que salían de la carnicería o del café empezaran a solidarizarse con la rescatista y a rodearlo, a perseguirlo, a tirarse al suelo a atraparlo antes que los colectivos que iban llegando y los autos dieran sentencia definitiva a la eternidad sobre la inhumanidad del perro.
Finalmente, Rocky volvió a su falda original y el alivio en todo el público fue generalizado. Un par de jubilados se sentaron de vuelta soplándose en ademanes rápidos con la mano o el diario, otro más quiso improvisar un aplauso, el colectivero respiró profundo porque esta vez no fue el malo de la película y una mujer grande, cerca mío, murmuró con algo de lágrimas: "Fuerza, bichito".